El Camino a tu Interior Capítulo 1 y 2

INTRODUCCIÓN

He hecho este trabajo con la intención de abrir caminos, de abrir mentes, corazones y conciencias. La misión de mi vida, lo que me mueve, es compartir lo que sé y lo que soy, con la esperanza de que toque muchos puntos que te lleven a voltear la mirada hacia ti, hacia lo que tú eres, que te conozcas y te reconozcas.

He aprendido que cuando encuentro mensajes que se repiten, es porque no he comprendido del todo lo que esos mensajes tienen para mí. Y de pronto un día, una frase aprendida hace tiempo cobra vida, se integra, tiene significado.

Y también que hay un tiempo para todo. He encontrado libros que he dejado después de algunas páginas porque no tenían ningún sentido y cuando los retomé, encontré lo que me pareció sabiduría pura.

Hay libros que he leído hasta seis veces y cada vez que los tomo de nuevo, encuentro información fresca que parece nunca haber estado ahí. Cuando tú cambias, todo cambia, tu forma de ver las situaciones, la información que recibes, los conceptos que tienes se modifican constantemente.

Deseo que este libro llegue a tus manos en el momento justo, en el momento correcto para llevarte a encontrar tus propias respuestas, tu propio camino. Que mires un abanico de posibilidades y que tú elijas cuál es el mejor para ti, que seas tu mejor descubrimiento, tu más grande aliado.

Que encuentres lo que estás buscando. Que tu camino sea glorioso. Que tengas la valentía para encontrarte. Que descubras tu luz y la hagas brillar en este mundo.

Karla Riveroll

 

CAPÍTULO 1

EL PRINCIPIO

“No vayas detrás de mí, tal vez yo no sepa liderar. No vayas delante, tal vez yo no quiera seguirte. Ve a mi lado para poder caminar juntos.”

Proverbio Ute

 

Hubo algunos años de mi vida en los que estuve hundida en el papel de víctima depresiva y todo lo que experimentaba me parecía horrible. En esos tiempos, que se extendieron durante varios años, viví ese rol a la perfección. Cuando algo salía mal, culpaba a los demás, señalaba a “los malos”, mientras me lamentaba y quejaba amargamente de lo que me habían hecho. Recuerdo cuando estaba rodeada de gente que me apoyaba para seguir revolcándome en mi dolor, me ayudaban a lamentarme, me daban la razón y se compadecían de mí junto conmigo.

Cuando me sentía mal, lo pregonaba a todo el mundo, sabiendo que eso haría que los demás se compadecieran de mí y se preocuparan. Si estaba tomando medicamentos, mucho mejor, así podía tomarlos frente a la gente para que me preguntaran qué era lo que me pasaba. Esto me daba la oportunidad de seguir viviendo mi drama. Si alguna vez escuchaste el término “vampiro energético”, yo era el ejemplo perfecto. Buscando energía de los demás por medio de mis dramas, quejas y lamentos. Recuerdo incluso haber llegado a pintarme ojeras para que se notara que no había dormido. Ser tan sana como soy nunca ayudó a eso del victimismo, así que un poco de sombra ayudaba. Muchas veces mis conversaciones empezaban con un “Te tengo que contar…”, o “Ni te imaginas lo que pasó…”, con un tono de tragedia que alarmaba a cualquiera.

Pasé meses y años lamentándome dolida y lastimada por lo que alguien me había hecho, sufriendo y sintiéndome víctima de los demás o de las circunstancias. Mi papá era uno de mis medios favoritos, la relación complicada que tuvimos por muchos años me sirvió para contar historias de terror que siempre me daban mucho a ganar en simpatía de los demás, había gente que me defendía y me ayudaba a seguir alimentando mis historias, mis lamentaciones y mi drama. Muchos, muchos años obtuve gran beneficio de eso. Algunos ex novios también contribuyeron a que pudiera absorber mucha energía de otros cuando contaba las historias.

En esos tiempos pasaba muchas noches despierta, en vela. Recuerdo que cuando tenía unos quince años volteaba al cielo para ver la luna y me decía a mí misma que debería de haber otra manera de vivir, que seguramente todo el drama en el que vivía se podría vivir de otra forma. Debería haber otras cosas. Pasaron muchos años antes de que encontrara respuestas.

Cuando tenía 23 años, conocí a una psicóloga que fue a impartir un curso a la empresa donde trabajaba. Habían pasado muchos años desde mi adolescencia, pero de ninguna manera había logrado vivir la vida que yo quería, y seguía pensando que había más, que algo me faltaba, pero no sabía qué era. Sentía un gran vacío, mucho enojo y unas enormes ganas de estar mejor y vivir otra realidad, porque la que vivía no me gustaba nada. Empecé a ir a terapia con ella, y en esas visitas semanales (que duraron aproximadamente cuatro años con algunas pausas), descubrí muchas cosas. Pude entender mucho de lo que estaba mal en mi vida, aunque en realidad no pudiera terminar de arreglarlo. A pesar de que en mi mente las cosas se ordenaban, mis emociones y reacciones no parecían cambiar tanto, y seguía con ese vacío, con mucho enojo y, sobre todo, con relaciones muy complicadas.

En esa época, mientras experimentaba este proceso de cambio, tuve un problema bastante severo de acné en la cara. ¡Era horrible! Tenía la cara llena de granos, que iban y venían a veces en el mismo día. Podía amanecer con la cara más o menos bien, y de repente se inflamaba, granos rojos y grandes con puntos blancos de verdad se sentía horrible. Me daba vergüenza que la gente me viera y mucho más que me saludaran con un beso; pensaba en las veces que había visto gente con la cara llena de granos y lo desagradable que era para mí verlo en otros.

Vi a tres dermatólogos. Me gasté un dineral entre consultas y medicamentos. El tiempo pasaba y yo seguía igual. Lo último que me recetaron fue un preparado con éter y azufre. Todavía recuerdo los nombres de los medicamentos que me prescribieron, fue algo traumático. Estaba fatal.

Por ese tiempo, falleció el hermano de mi papá. En el sepelio mi prima me preguntó por el muy evidente problema en mi cara. Le conté la historia y me recomendó a una homeópata. Mi prima llevaba ya tiempo trabajando con Flores de Bach, y me contó que la salud está relacionada con las emociones. Entonces no supe bien cómo interpretar lo que me decía pues nunca había escuchado tal cosa. Me recomendó el libro de Louise L. Hay Tú puedes sanar tu vida. Concerté una cita con la homeópata y compré el libro de inmediato. De verdad estaba desesperada.

Mi cita con la homeópata fue de lo más extraña. Me hizo una gran cantidad de preguntas que no tenían nada que ver con mi cutis. Con quién vivía, cómo me iba en mi trabajo, si tenía novio…y dijo algo que me marcó: “Nunca puedes arreglar por fuera algo que viene de adentro.” Interesante. Intrigante también.

Me dio el medicamento, me dijo que en la cara sólo usara agua y jabón neutro. Seguí sus indicaciones y en tres días ya no tenía un solo grano en la cara. Sólo marcas y cicatrices, claro, pero no tenía un solo grano. ¡Increíble! Después de meses, literalmente en sólo tres días habían desaparecido. Era entonces hora de entender lo que había pasado.

Siempre he sido una persona muy racional. La terapia con la psicóloga me ayudó a reforzar la necesidad y el mal hábito de pensar, pensar, pensar y tratar de entender. Me ha movido mucho entender desde el intelecto cómo y porqué son las cosas como son. Sin embargo, con el tiempo he ido cambiando en este aspecto aprendiendo que las respuestas no están siempre en el intelecto.

El libro de Louise Hay me abrió una perspectiva diferente. Me pareció muy interesante que por medio de nuestra manera de pensar y de los decretos fuéramos creando nuestra realidad. ¿Funcionarían las cosas así? Habría que probar. En esa época estaba intentando cambiar de trabajo. Fui, sin exagerar, al menos a 25 entrevistas. No hubo nadie que me dijera que no estaban interesados, al contrario, en diversas ocasiones pasé a otras entrevistas y procesos con varias empresas. El problema venía después. Me pasaron cosas que de verdad pueden parecer no creíbles. Hubo de todo: cambiaron la estructura, se canceló el proyecto, se quedaron sin presupuesto, incluso hasta resultó que una de las personas que me había entrevistado falleció.

Mi autoestima laboral estaba destruida. ¿Cómo era posible que de tantas empresas ni una sola me contratara? En el libro de Louise Hay decía algo como que si decías que estabas buscando, entonces estarías buscando siempre. El secreto era encontrar, no buscar. Y había que tener bien claro qué era lo que se encontraría. Recuerdo que muy emocionada le hablé al que era mi novio y le dije que ya iba a encontrar trabajo.

“¿Tienes otra entrevista?” me preguntó. “No, pero ya me cansé de buscar, ahora voy a encontrar.” Claramente pensó que estaba loca y esto fue sólo el principio. Unos meses después nos separamos. Una de las razones para ello seguramente fue que algo en mí había cambiado. O más bien muchas cosas.

Entonces, ¡a encontrar! Empecé a repetirme constantemente, todo el tiempo: “Tengo un empleo maravilloso, un jefe que cree en mí, que me permite crecer, un equipo de trabajo muy divertido y armonioso, me pagan un excelente sueldo, hay comedor, gimnasio, en esta empresa tengo oportunidad de crecer…” Así, una y otra y otra vez. Me emocionaba muchísimo pensar que podría encontrar un trabajo así. Después de algunos días de repetirme esto, me llamaron de una empresa a donde ya había ido a exámenes y entrevistas algunos meses atrás. Era una de las empresas en las que me habían dicho “Nos interesa mucho tu perfil, te llamaremos” y efectivamente, me llamaron en ese momento, pero para decirme que las contrataciones se habían detenido.

Mucho personal de la empresa cambió y tuve que pasar por otra sesión de entrevistas. Al poco tiempo, en menos de un mes, estaba en el trabajo nuevo. Era mucho mejor de lo que había pensado. Mi jefe, era el mejor jefe que tuve en mi vida corporativa, que además fue un gran amigo por muchos años. El equipo era de lo más divertido, trabajábamos muchísimo, pero en la misma medida nos divertíamos. Al mes de estar en la empresa, estaba en Europa en un viaje de trabajo que más bien parecía vacación de gente rica. Además, tenía prestaciones que yo ni sabía que existían y por si fuera poco, salía del trabajo los viernes al medio día, algo que nunca hubiera pedido porque ni siquiera sabía que era posible. Muy interesante ¿verdad?

En una comida familiar, estuve platicando de todo esto con un primo. Él había entrado al estudio de la meditación y en realidad parecía una persona muy diferente a la que conocimos todos durante muchos años. Me habló sobre un curso de emociones que estaba por iniciar. Casualmente (si es que todavía crees en las casualidades) era en una escuela a la que yo había intentado entrar dos o tres veces y no lo había logrado, ya que había que empezar los cursos en cierto orden, y yo llegaba siempre en el momento inadecuado. Por alguna mágica razón, después de los años en terapia, de la experiencia con la homeópata y varias lecturas, ya se podía ingresar a la escuela en cualquier momento y estaba a sólo tres días de iniciar el curso. Así que tres días después, ahí estaba yo dispuesta a empezar.

El curso se llamaba Relaciónate con tus emociones. Fue entonces cuando pude “bajar” toda la información que tenía en la cabeza muy ordenada a modo de teoría, y la pude vivir desde la emoción. Entonces realmente mi vida empezó a cambiar, y todo lo que había intentado trabajar en terapia durante años, cambió en unos meses. Gran parte del dolor y del enojo que tenía se fueron y en ese momento pude empezar a vivir las cosas desde otra perspectiva. Así fue como empecé, y ya no hubo vuelta para atrás. Asistí a tantos cursos como pude, leí muchísimos libros. Todo cambió. Todo. Para bien. Ese camino no ha terminado, sigo estudiando, leyendo, aprendiendo, conociendo, cambiando, adaptándome a todo lo que aprendo, transformando creencias. Este camino no termina nunca.

Hoy doy gracias por la fuerza, por el valor, porque no reconozco enemigos, a nadie entrego mi poder, porque entiendo que no hay culpables, sólo responsables.

Hoy agradezco a mi gente, porque no me compadece, me acompaña, reconoce mi proceso, señala mis lecciones y errores, me hace fuerte.

Hoy agradezco con amor las grandes lecciones, los malos momentos, los enfrentamientos, las puertas cerradas, los enojos y abandonos.

Hoy agradezco a esos grandes maestros que disfrazados de enemigos o de verdugos han jugado el papel perfecto para mi proceso de crecimiento.

Hoy agradezco tener la capacidad de ser y hacer, y tener la gran bendición de compartirlo con quien quiere en realidad ser y estar mejor.

Este libro habla de mí, del proceso que he tenido durante todos estos años, del aprendizaje, los errores, los maestros, los métodos, las lecciones.

Este camino no se termina, es un constante aprendizaje; hay muchas cosas que aprendí y que ahora han cambiado para mí. Las formas, no el fondo. La finalidad de la mayoría es ser felices, estar en paz. No importa cuál sea el camino que elijas, mientras estés aprendiendo y te descubras como una persona más feliz y completa, entonces estás en el camino adecuado más allá de credos.

Mi intención es compartir todo esto que he aprendido, que me ha llevado tantos años y experiencias, y que pueda ser una puerta para que logres llegar a tu interior, para que estés en contacto contigo, que te conozcas en realidad. Mi intención es que el camino que he recorrido sirva más allá de lo que yo he hecho y hago en mi vida.

Por favor, no me creas. No le creas a nadie. Lee, escucha, siente, observa…y vive tu propia experiencia. Puedes conocer las reglas y crear tu propio juego; a fin de cuentas, esta vida en cierta forma no es más que eso. Un hermoso juego.

CAPÍTULO 2

RELIGIÓN

“El reino de Dios está dentro de ti y a tu alrededor. No en construcciones de madera o piedra. Parte un leño por la mitad y allí estaré, levanta una piedra y me encontrarás.”

Película Estigma

 

En este capítulo no pretendo juzgar, ni imponer, ni criticar. Hablo sólo por mi experiencia con la religión y la gran importancia que este tema tuvo en mi vida. El estudiar durante cinco años en una escuela católica en un momento muy crucial de mi vida, en el que sentía que todo se desmoronaba, me enseñó justo lo que debía saber para entender que ese no era mi camino, que ahí no estaban las respuestas para mí.

De acuerdo con las enseñanzas de la madre Ramoncita (por alguna razón la recuerdo a ella particularmente), entendí que no todos somos iguales, que hay buenos y malos, y que los malos tienen que pagar de alguna manera. Que existía el purgatorio, que podíamos arder eternamente en el infierno.

Aprendí que todos nacemos siendo pecadores (por aquello del pecado original), que las relaciones fuera del matrimonio son un gran pecado, lo cual, por supuesto, me regaló una vida sexual llena de culpas por muchos años y nada saludable emocionalmente hablando, y que todos los hijos de matrimonios que no estuvieran casados por la iglesia eran hijos del pecado.

Éste debe haber sido uno de los rompimientos más fuertes para mí. Llegó a mi realidad algo que nunca antes había notado. En la mayoría de las casas que conocía, había una gran foto del día de la boda de los papás: vestido blanco, azahares y todo. ¿Dónde estaban las fotos de los míos? Recuerdo haberles preguntado suspicaz y repetidamente cómo le habían respondido al Padre cuando les preguntó si aceptaban al otro para amarlo y respetarlo, bla, bla, bla… Puedo imaginarme el conflicto de mis padres al no saber qué responderme, porque ninguno de los dos (al menos que yo recuerde) a mis aproximadamente 11 años, tuvo el valor para confirmarme lo que yo tanto temía: era hija del pecado.

Mi papá era divorciado, por lo tanto no están casados por la iglesia, cosa que yo no sabía. Y seguro que yo ardería en el infierno del que hablaba la madre Ramoncita, lo cual para mí no tenía ningún sentido, puesto que yo no había escogido a mis padres. Mucho menos había decidido que vivieran en pecado y que les hubiera parecido una buena idea tener tres hijos, que por el simple hecho de existir eran pecadores. Y de los grandes.

Aprendí que los que no creen en Jesús son desterrados y no tienen derecho al cielo. Y no dejaba de preguntarme qué sería de todos los judíos (la única religión que venía a mi mente después de la católica en ese entonces) que no creían en Jesús porque habían nacido en hogares judíos y habían recibido esa educación y esas creencias, y por lo tanto esa era SU verdad. Era peor que ser hijo del pecado –como yo– y tampoco habían tenido la opción de decidir –como yo–. Pobres de los judíos, de mis hermanos y de mí. No tenía ningún sentido.

Aprendí también que hay que creer en la virgen, porque a la hora del juicio final, no importaba lo inclinada que estuviera la balanza hacia lo malo. Una sola lágrima de la virgen podía inclinar la balanza hacia el otro lado y abrir las puertas del cielo. Eso significaba que no importaba lo mal que hubiera actuado en la vida, rezando un Ave María estaría del otro lado. Esto tampoco tenía sentido.

Mi maestra de la clase de Moral era mi vecina. El menor de sus hijos era un poco más grande que yo y me gustaba.

Cada vez que la encontraba en la calle o me veía en su casa con su hijo, llegaba a la clase hablando sobre lo mal que estaba que las niñas buscaran a los niños y sobre lo impúdico de las minifaldas y los escotes (que en esa edad, aunque me desarrollé muy rápido, un escote no servía para nada, salvo para sentirme completamente juzgada por la maestra de Moral). Cada vez que tropezaba con ella fuera de la escuela, sabía en el fondo de mi alma que la clase sería para hablar sobre mi mal comportamiento. Era un hecho, yo ardería en el infierno.

Y qué decir de la señora de sociedad, mamá de unos amigos míos. Era realmente una mala persona, y éste no es un término que yo utilice a la ligera. Grosera, llena de prejuicios, hablaba mal de todo mundo. Eso sí, cada domingo la veía en iglesia a la hora de la misa más concurrida bien formadita para la comunión, a veces hasta con lágrimas en los ojos. Entonces…uno podía hacer cualquier cosa a sus semejantes, y con el hecho de irse a confesar, podía comulgar sin problemas. Cada vez que veía esta escena, me preguntaba qué diría en sus confesiones. Todo era muy confuso.

Confesiones. ¡Uy! ¿Confesarme ante el Padre sobre mi uso de minifaldas y escotes descarados? ¡Hija del pecado!

Pero si rezaba la penitencia, entonces podría comulgar. Eso sí, con unas horas de ayuno y con mucho cuidado porque la hostia no se muerde bajo ninguna circunstancia. Pero, ¿cuál era el poder real del sacerdote para decidir si yo podía o no entrar al reino de los cielos? ¿Y si lo que yo decía en la confesión era sólo mi apreciación? ¿Qué pasaría si no me estuviera confesando bien y llegara al día del juicio final con un montón de cosas que no había dicho? ¿De todos modos ardería en el infierno por la eternidad? Era demasiado difícil para mí a esa edad y en ese momento de mi vida entender todo esto.

Fue entonces cuando la imagen que tenía de Dios cambió.

El Dios del que me hablaban, no era el Dios que yo quería en mi vida, no era la idea de Dios que yo tenía. Si los padres en la tierra generalmente perdonan todo a sus hijos y los aman sin condiciones, entonces ¿cómo era posible que el Dios que yo tenía implantado en mi corazón pudiera mandar a cualquiera de sus hijos al infierno, sin importar las circunstancias?

Además, si era todopoderoso, ¿cómo podía permitir que tantas cosas inadecuadas en este mundo sucedieran? ¿Cómo iba a poner gran cantidad de “tentaciones” a nuestro alcance para ver en qué momento nos equivocamos y entonces poder castigarnos? Me parecía una idea bastante maquiavélica y mal planteada. No lograba entender que sólo algunos elegidos tuvieran acceso al reino de los cielos. Si la discriminación es condenada en la tierra, ¿cómo podría ser aceptada y bien vista en otros planos? ¿Por qué el sacrificio de los votos? ¿Por qué negarle a la persona una vida plena con matrimonio, hijos, dinero, etc., especialmente si dedica su vida a Dios? ¿Por qué los famosos votos de castidad? ¿No casarse es malo? ¿El sexo es malo entonces? ¿Te ensucia y te hace indigno y no merecedor de Dios?

Para mí en ese momento no se trataba de poder hacer lo que cada quien quisiera sin tener ‘temor de Dios’, ni de estar tentando a la suerte por si acaso el infierno existiera. Pero debía haber otra manera de explicar lo que es Dios, nuestra relación con él, o ella, o eso, su importancia en nuestras vidas y sobre todo, nuestra responsabilidad y lo del libre albedrío.

A través de mi experiencia personal, lo que he vivido, experimentado y conocido, el Dios en el que yo creo, es un Dios que nunca separa, que no hace distinciones, ni juzga. Que nos regala una infinidad de posibilidades en este mundo para que hagamos lo que más sentido tenga para cada uno de nosotros, siempre y cuando seamos conscientes de las consecuencias de nuestros actos, y estemos dispuestos a recoger aquí los frutos de lo que sembramos. Aquí. No en otro plano, en éste. Y que idealmente, vivamos conociendo las reglas que rigen a este mundo, sabiendo que todo, absolutamente todo lo que decimos, hacemos, pensamos, sentimos, tiene consecuencias. Que sin excepciones, la vida que cada uno de nosotros tenemos es resultado de nuestros actos, pensamientos, de nuestras decisiones y elecciones. Yo NO creo en un Dios que da miedo, en un Dios que castiga. Yo creo en un Dios que libera, que da, que acoge, que jamás condiciona.

Hace algunos años me encontré con un camino que no muchos saben cómo nombrar, y honestamente yo tampoco, porque no sé si haya una palabra exacta para definirlo. ¿Metafísica? ¿Espiritualidad? ¿Camino al amor? ¿Camino al interior? No lo sé.

Para efectos de este capítulo lo llamaré el camino de la espiritualidad.

En este camino he aprendido que todos somos uno. Que cada quien está viviendo su proceso lo mejor que puede, con lo que sabe, de acuerdo a sus historias, su tiempo y sus circunstancias. He aprendido que nada es bueno ni malo, todo depende del contexto, y que ese contexto lo escribe cada persona. He aprendido a no seguir doctrinas, a no creer lo que oigo o lo que veo, sino a creer en lo que yo misma puedo experimentar. He aprendido a sentir compasión y no lástima, a no temer equivocarme, porque no hay pecados, sólo hay errores que son lecciones y nos enseñan, de manera muy personal, lo que nos funciona y lo que no. He convivido con chamanes, meditadores, budistas, videntes, judíos, cristianos, católicos, mormones, etc., y respeto muchísimo a toda la gente que independientemente de sus creencias está buscando ser y estar mejor. Aprendo de cada persona algo diferente.

Me cuesta pensar en un Dios con forma humana y con todas las limitaciones que ésta condición conlleva. No puedo pensar en una forma, ni en una luz, ni imaginar que Dios es el universo. Simplemente me gusta pensar que hay algo mucho más puro, más grande, ilimitado, que va más allá de todo lo que yo podría imaginar.

¿Has escuchado eso de que tú eres Dios, una gota del mar, pero no el mar, hecho de la misma naturaleza? Una idea que ayuda a mi mente a explicar un poco el Dios en el que creo está relacionada con las células del cuerpo. Tu cuerpo, el mío, cada cuerpo en esta tierra tiene millones de células con propiedades diferentes. Cada célula tiene ciertas características para llevar a cargo determinadas funciones y en conjunto formar órganos, huesos. Se necesita de todas para un funcionamiento óptimo del cuerpo. Si se ve sólo una célula, ésta no diría mucho de la persona a la que pertenece, pero el conjunto de ellas es lo que le va dando forma.

Cada una tiene su naturaleza: hay células cuya función es la de conducir procesos de destrucción, como son las que se hacen cargo de deshacer los alimentos, o las que atacan cuando entra un virus al cuerpo. Ninguna es buena ni mala, cada una ejerce lo necesario para mantener un orden, un balance, cada una es perfecta tal como es y ha sido creada en nuestro cuerpo por alguna razón. Las que forman el corazón no son mejores que las del hígado, las de la sangre no son mejores que las del colon. Cada una es perfecta tal como es, y sería una real tontería y causaría un gran desequilibrio que las células de un órgano pudieran decidir que estarían mejor si pertenecieran a otra parte del cuerpo y lucharan ferozmente por ser algo que no son. Me parece que así pasa con nosotros los humanos. Somos humanos con características peculiares, y pasar la vida luchando por ser algo que no somos, parece una locura. El asunto importante es conocerte, poder contactar con tu verdadera naturaleza y ejercerla en la mayor conciencia, con gozo.

Algo que he escuchado y que tiene sentido para mí, es que “la religión nos separa y la espiritualidad nos une.” No importa en qué creas, cómo llames a tu Dios, con qué nombre o con qué imagen, o si no crees en un Dios. Al final, me parece que lo que en realidad importa es que seas feliz. Y esa es tu decisión y tu creación. Algunas ideas para llegar a esto, son: creer en ti mismo, liberarte de la cárcel que la mente va creando al pensar que serías mejor si fueras de cierta forma. Dejar de juzgar, aprender a observar, aceptar lo que se ve, lo que se vive, comprender que el mejor lugar para encontrar a Dios es dentro de uno mismo, que probablemente no se parezca a nada de lo que conociste antes, sino que tiene una forma y una esencia que tal vez sólo tenga sentido para ti. Y así es perfecto. Que cada interacción que tienes con otra persona es una oportunidad para ganar o perder. Ganas o pierdes de acuerdo a tu forma de relacionarte con los demás, dependiendo de lo que das o lo que quitas.

Si es cierto que estamos hechos a imagen y semejanza de nuestro creador, entonces no somos los creados, sino los creadores. Las personas que usan frases como “si Dios quiere”, “Dios mediante”, o las que incluyen el “fluir con el universo”, culpan a la vida o las circunstancias, en realidad lo que están haciendo es soltar la responsabilidad de las elecciones que están tomando a cada momento, esperando que algo o alguien más decida por ellos. Ya que eres un creador, entonces Dios quiere lo que tú quieras. Sin peros, sin notas al margen, sin preferencias. El libre albedrío es eso. Puedes vivir como mejor te parezca, y Dios, la vida, el universo, las circunstancias o como lo quieras llamar, simplemente apoyan eso que tú eliges. Quien tendrá que consumir lo que cosecha eres tú mismo; para esto no hace falta que alguien te diga qué debes o puedes hacer, lo irás consumiendo todos los días. Si te funciona, adelante. Si no te funciona, lo puedes modificar.

La responsabilidad es grande, seguramente por eso es que muchas personas prefieren dejársela a Dios. Es un proceso el comprender y asumir el poder que tengo, que tienes tú igual que cada ser humano. Honestamente no sé si lo llegaremos a comprender del todo.

No rezo oraciones, no me persigno, no voy a misas, pero me encanta voltear al cielo, ver la naturaleza y su perfección, visitar lugares majestuosos que me recuerdan mi pequeñez y vulnerabilidad, que me ponen en perspectiva, cerrar los ojos y sentir esa conexión y tranquilidad que me da el sentirme parte de algo que me protege y me apoya.

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